miércoles, 6 de julio de 2011

el padre muerto


¿No has notado la ligera mueca de desprecio que se dibuja en la comisura de los labios de Sam II cuando te mira? Por un lado, quiere decir que no deseaba que le pusieras el nombre de Sam II; por otro, que tiene una escopeta de cañones recortados en la mano izquierda y un gancho para cargar balas de paja en la derecha, y está dispuesto a matarte con cualquiera de las dos armas si tiene la oportunidad. El padre se queda sorprendido. En un enfrentamiento semejante, lo que suele decir es: «Yo te cambiaba los pañales, mocoso.» No es la respuesta adecuada. Primero, porque no es verdad (nueve de cada diez veces son las madres quienes cambian los pañales) y, segundo, porque al instante recordará a Sam II la razón por la que está furioso. Está furioso por haber sido pequeño cuando tú eras mayor, aunque no, no es eso, está furioso por haberse sentido desvalido cuando tú eras poderoso, no, tampoco es eso, está furioso por haber sido dependiente cuando tú eras imprescindible, no, no exactamente, está loco de rabia porque cuando él te amaba, tú no te dabas cuenta.

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